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viernes, 24 de julio de 2020

Nana a destiempo


Fuimos una nana a destiempo,
perdidos entre relojes de cuco a deshora.
Nunca en sincronía, siguiendo ritmo de caos.
La melodía desafinada que resuena sin final.
Las palabras no dichas y demasiado pensadas, demasiado silenciadas,
cansadas de ser contaminadas en manos de ceniza.
Fuimos fotografía en blanco y negro, malditas por la bruja melancolía,
por diablos de lodazal.
Fuimos algo mal, incorrecto, pecado reincidente.
Fuimos todo lo blanco y puro, paloma de paz y tierra fértil.
Fuimos noche cerrada, humo y anonimato.
Fuimos lucero y viento del norte, tan sereno, aliento y nieve.
Nunca debimos mirarnos, besarnos.
Nunca debí deshacer mi alma entre tus dedos.
Nunca debiste enredar tus sueños en mi cabello.
Y es que hay laberintos de los que no deseo huir, donde quisiera cortar el hilo y brindar con Lucifer por una guerra sin sentido.
Hay poemas corrompidos, que queman y cortan,  arañan y muerden, y yo me dejaría matar por cada palabra dicha por tus labios de sal.
Ven sin acercarte, ámame sin tocarme, háblame en silencio, sin enredar tus piernas en mi sábana, que aún es blanca, aún piensa que el alba borra lo sucedido a medianoche.
Nunca debí dar contigo, nunca debiste desvestirte en mi cuarto.
Ahora solo queda agua estancada y rescoldos fríos, canciones sin sentimiento, miel amarga.
Y quedamos tú y yo.
Quedamos maldiciendo la definición de cordura, a ti, a mí, esta casa, este poema, el momento en el que mordimos la manzana.
Quedamos tú y yo en esta calma tortuosa de guerrero caído.
Nunca debimos, pero fuimos,
y pese a que las alas nos pesan,
a que tenemos la piel deshilachada y la boca seca.
Pese a ello, como siempre, aquí nos quedamos.




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lunes, 13 de julio de 2020

Aunque nunca me habló dulzuras de amor

Y su voz era tabasco y almíbar.
Era la luz de los bares a medianoche, ahogados en besos de amantes y poetas perdidos.
Y su voz me llevaba lejos, lejos, tan lejos.
Me llevaba a escalar la luna y pintarle una sonrisa de payaso, 
me llevaba a reírme del lobo malo y ponerme la  caperuza roja de falda corta, corta, tan corta.
Y me volvía loca dentro de mi pulcra cordura.
Porque cuánto necesitaba el caos en esta cama de límites y ángulos rectos, 
de horarios grabados en piedra y relojes de arena.
Sus manos siempre encendidas y mi cuerpo siempre hambriento,
voraz como nunca lo creí.
Y me traiciona y te grita y se deshace como arcilla, dejándose moldear como en cierta película que todos conocen.
Su voz era todo aquello que mi madre odiaría; 
y mi padre me encerraría en una torre perdida para no oírla, pero yo me dejaría crecer la melena.
Sabéis que lo haría.
Él era mi contrapunto y la línea paralela que me mira, me mira, pero no llega a rozarme.
Y yo me vuelvo curva retando a las leyes de la geometría porque quién quiere ser el número de oro pudiendo ser una espiral a su alrededor.
Su voz era tequila con sal, con limón. 
Era sudor en una madrugada bailando sin saber los pasos, perdiendo el ritmo y encontrándolo en el fondo del vaso.
Su voz era agua.
Era aire fresco.
Y aunque nunca me dijo lo que yo deseaba, aunque nunca me habló dulzuras de amor o cuentos de hadas, yo siempre recordaré su voz de tabasco.
Su voz de almíbar.


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martes, 2 de octubre de 2018

Lo que haría

¿Qué harías si lo supieses?
¿Qué expresión adoptarías si conocieses la verdad?
Si supieses que me rindo al recuerdo de tu ojos,
y las sábanas son un patético sustituto de tus brazos
los cuales solo puedo imaginar pues no es a mí a quien sostienen.
Estúpida y borracha de un amor que jamás debió nacer
me deshago en manos ajenas, en manos que no me importan.
En manos a las que no importo en absoluto.
Juego a ser amante de papel.
A encarcelar a mi corazón y a sonreírte como si no muriese por dentro.
Las historias de enamorados que superan el tiempo y las guerras,
el odio y las tormentas,
son utopías para ingenuos.
Yo también las creía, confiaba ciegamente como un niño cree en la magia.
Pero como un niño crece y se desengaña,
yo me dejé sorprender por unos sentimientos que ni siquiera sabía que albergaba.
Ahora me asfixio en un laberinto del que no sé salir,
del que no sé si quiero salir.
Lo que haría por que me mirases de una vez a los ojos.
Por que me mirases cuando te observo, cuando hablamos.
Lo que daría por que supieses que mis labios se agrietan lastimeros ansiando tu tacto.
Ojalá te dieses cuenta de que camino por la cuerda floja,
emparedando mi corazón,
acallando lamentos que me arañan la garganta hasta que no me sale la voz.
Podría venderme al mejor postor, al mejor amor de usar y tirar,
al mejor cigarro consumido o café trasnochado.
Al mejor poeta cruel, al mejor artista huérfano de calor.
Me muero de frío entre miles de brazos, arropada por la piel de otro.
Me congelo en el aliento de alguien que no recordaré mañana.
Y te pienso.
Y te extraño.
Y tú ni siquiera lo sabes.
Ni puedes saberlo, no, no puedes.
No puedes porque soy una cobarde que se ahoga en lágrimas y vino blanco.
No puedes porque me aterra perderte. Me da pánico que me des la espalda.
No puedes porque no puedo.
Lo que haría por un solo baile en el que me cantes al oído como a ella.
Lo que daría por un beso robado bajo las estrellas, o junto al océano en calma, o, que sé yo, en cualquier calle con nombre de poeta, porque daría igual el lugar si estás tú.
Ofrecería mi alma al diablo, como hizo Dorian Grey, por tener el valor de enfrentarte y enfrentarme.
Quiero y no quiero olvidarte.
Quiero y no quiero quererte.
Te detesto y te necesito.
Te adoro y te alejo de mí para luego buscarte con mi orgullo hecho trizas en una cama ajena.
Idiota y desesperada, idiota y, por desgracia, enamorada.
Lo que haría por dejarte leer este poema antes de dejarlo arder;
antes de que las palabras se conviertan en ceniza.
Ya sabes, antes de que todo este valor de poca monta se vuelva el villano de mi historia y se me ancle al tórax.
Lo que haría por dar el paso a tus labios en vez de acunarme en la quietud de mis trincheras.
Si supieses todo esto, todo lo que yo daría...
Tú...
¿Qué harías?



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lunes, 6 de agosto de 2018

El día más frío

Lo recuerdo como si estuviera pasando en este mismo instante.
Era el día más frío del año,
las rosas murieron bajo el aliento invernal.
Los pájaros enmudecieron, siendo sus gargantas hielo,
escarcha.
Una blancura deslumbrante,
pura,
reinó y el mundo se doblegó ante un rey de ojos gélidos.
Sí, lo recuerdo.
Sentí como el frío me mordía las entrañas,
como si mil grietas atravesasen mi pecho,
lacerando la carne y desgarrando mis venas.
Aquel día desaparecista con la ventisca,
dejando retazos de lo que fue y ya no volverá.
De lo que pudo ser pero el destino caprichoso,
de sonrisa afilada,
se llevó sin piedad.
Sí, recuerdo el sentimiento de asfixia,
de desdibujarme en un río helado,
de alzar la mano que ya no era piel sino un grito mudo de ayuda que nadie iba a oír.
De morir bajo una avalancha que me presionaba el pecho
hasta parar las agujas de mi corazón.
Y el miedo,
el pánico a que mi mundo se derrumbara,
a caer y caer y nunca tocar fondo.
Me aterraba perderte, perderme.
Temía que mis pupilas se tornasen agujeros negros que devorasen todo a su paso hasta desaparecer.
Implosionar en un mar de estrellas demasiado brillantes.
Hacía demasiado frío,
los huesos se me helaron,
las palabras se me congelaron en la lengua.
Hacía demasiado frío,
mis latidos se saltaron varios segundos,
el aire me arañó los pulmones.
Lo recuerdo como si estuviera pasando en este mismo instante;
recuerdo el día más frío del año,
el día más frío...

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domingo, 25 de febrero de 2018

Disfruta del carnaval

Una vez leí en un viejo libro de poemas,
bañado en el polvo del tiempo,
que la vida era una farsa, que debería ponerme la máscara y disfrutar del carnaval.
Y esa frase quedó grabada en mi pecho.
Se convirtió en una bandera que ondea en el fondo de mis párpados.
Y es que tenía razón.
Todos somos latidos a contrarreloj.
Hojas de otoño que vuelan osadas desde el árbol materno hasta el suelo.
Tenemos fecha de caducidad y un cronómetro anclado al tórax.
Somos un número finito en un universo infinito.
Motas de polvo, un diente de león a la deriva.
Vivimos en los últimos segundos de la canción, justo entre el solo de guitarra y el silencio final, o en el epílogo de un cuento sin narrador.
Somos sueños y recuerdos escritos en una página en blanco.
El último verso del poema, el pétalo de rosa más bello.
Vibramos entre los últimos rayos de sol y la luna llena;
entre burbujas de champagne trasnochado y amores de leyenda.
¡Qué hermoso carnaval!
¡Qué bella mentira!
Escoge una máscara y bailemos en Venecia,
entre el murmullo del agua que resuena con temporizador.
Somos meras historias a medio escribir y,
¿no es eso maravilloso?
¿No lo entiendes?
Somos los besos que daremos antes de que acabe la noche,
lágrimas de emoción o de felicidad.
Somos granos de café molidos y bañados en sol y tardes rodeados de amigos.
Somos lo imposible,
magia envuelta en carne y hueso.
Somos tiempo robado al tiempo 
qué bien sienta ser ladrón por un día.
Somos lo vivido y lo que está por venir.
Somos enmascarados bailando en el carnaval.
Y dime,
¿no es eso maravilloso?

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lunes, 5 de febrero de 2018

Océano en calma

Ni siquiera la arena del tiempo recuerda cuándo comenzó todo.
Ni siquiera los más vetustos árboles, o los susurros del viento
podrían contar cómo dio comienzo esta historia.
A mis oídos han llegado ecos de otro tiempo, de tierras lejanas,
murmullos a media voz, cuentos a medianoche alumbrados por velas con olor a canela.
Intentaré contarte la historia más antigua que existe, la del equilibrio de los elementos.
Una historia de amor perdido y encontrado en el lugar más inesperado.
La leyenda nace en un pueblo a orillas del mar.
Un lugar besado por la voz de las sirenas,
que se peinan sus largas cabelleras entre la espuma de las olas,
que cantan y enamoran,
que cantan y hacen olvidar.
Un lugar rodeado de arrozales y un plácido sol primaveral que nunca muere.
Un lugar pacífico, hermoso en su más simple esencia.
Hasta que se desató la Tormenta.
La primera Tormenta de todos los tiempos, que lanzaba truenos como un dios furioso y sediento de muerte y cenizas, de astillas, de dolor y lágrimas de carbón.
La primera Tormenta levantó huracanes y asesinó sirenas y hombres.
Ahogó barcos y arrancó bosques, siendo sus lágrimas dagas de agua helada que laceraban la carne y rasuraban el alma.
La primera Tormenta envenenó el mar y lo obligó a elevarse al cielo, a vomitar olas como gigantes sobre todo aquel que osara alzar la mirada e implorar piedad.
La primera Tormenta sonrió con una luz que momentáneamente lo iluminó todo, todo en su odioso esplendor.
Entonces llegó Ella.
Ella, sola y valiente.
Ella, sin más arma que la granada anclada en su pecho, mal llamada hoy en día corazón.
Ella, subida al acantilado más alto, se enfrentó a la Tormenta, que rio ante la osadía humana, ante su fragilidad y mortalidad.
Mas Ella había hablado en sueños con el mar, habían hablado desde su más tierna infancia sabiendo que el día llegaría, sabiendo que por separado nada podría hacerse frente a la caída del cielo sobre la tierra.
Entonces, Ella, sola y valiente, sin más escudo que su piel de porcelana, se lanzó a la boca abismal del océano y su voz se tornó murmullo marino; y su carne, espuma rabiosa y enfurecida; y su alma fue la fuerza misma del mar que desencadenó una batalla de titanes que duró tres días con sus tres noches.
Tras el feroz enfrentamiento, sólo el Mar quedó en pie.
Sólo Ella ganó, sacrificando su vida bajo la sal marina, bajo perlas de sirenas muertas y algas que en silencio le susurraban cuentos infantiles.
Ella y el Mar cayeron en el olvido.
El mundo siguió girando y el equilibrio se restauró.
Hasta hoy.
Aquí es donde todo cobra sentido, donde la historia más antigua de la Historia se mezcla con la mía.
Nací en un pequeño pueblo a orillas del mar.
Crecí oyendo historias de las maravillas de las profundidades, de un océano que puede ser caprichoso, que puede ser rey y verdugo, ángel o gárgola infernal.
Mi vida transcurría entre el sol del amanecer y el reflejo de la luna en el inmenso mar cuyo horizonte nadie era capaz de precisar.
Y yo ansiaba, deseaba como sólo un niño pequeño desea, unirme al agua, ser uno solo, que las corrientes fluyeran por mis venas y que mis ojos fuesen barcos hundidos en los que reinan fantasmas de otro tiempo;
y que mis manos fuesen de coral;
y mis labios, escamas de sirena.
Y yo amaba más que a nada y que a nadie los cuentos que el océano me contaba.
Jamás dije en voz alta que hablaba con el Mar, ¿quién iba a creerme?, además, ¿quería yo compartir el privilegio de ser la elegida por algo más grande que yo, más grande que el universo?
No, ese siempre sería mi secreto.
Siempre sería mi más preciado secreto.
Los años pasaban y la voz acuosa instalada entre mi cerebro y mi pecho cada día resonaba con más fuerza.
Ya no quería oír nada más aparte de esa voz, ¿qué podría nadie aportarme que aquel mágico trovador no pudiese?
¿Quién sería capaz de robarme un solo segundo junto al océano?
Porque yo lo amaba con mi tierno corazón infantil, lo amaba con la familiaridad con la que uno besa a una madre, o lee su libro favorito, siempre sintiendo la emoción de llegar a la mejor parte.
Hablar con el Mar era aquello por lo que inspiraba cada voluta de oxígeno y nada más existía.
Nada más importaba.
Nada.
O eso creía.
Entonces, cuando ya era una mujer, cuando las muñecas fueron sustituidas por barras de labios, cuando los juegos en la orilla fueron sustituidos por miradas furtivas de madrugada.
Entonces llegó él.
Llegó al pueblo una mañana con los primeros rayos del sol, en silencio, arropado por el olor a salitre y el vaivén del oleaje.
Llegó sin avisar y sin avisar se instaló en esta estúpida granada de mano que tengo por corazón.
Ya no me importaba el Mar, mi primer y más puro amor, ahora solo quería oír su piel rozando la mía, o su voz grave como un terremoto leyendo poesía junto a mis labios.
Mi amado trovador de agua por primera vez en mi vida enmudecía dejando paso a un silencio arrollador, que de noche me asustaba si no estaba él a mi lado.
Cuando me acercaba al agua me clavaba conchas rotas y la sal me mordía los tobillos.
Las olas crecían al verme pasar, para tragarse mi alma y clavar una estaca de pánico en mi garganta.
Yo era aquella que traicionó el amor inmortal de las aguas por el mero amor mortal del hombre que iluminó cada noche de luna nueva, que hizo de cada acantilado un prado de rosas y violetas.
Una parte de mí, la niña que un día soñaba con ser sirena, aún quería bailar y sentir la espuma jugar entre sus dedos.
La mujer en la que me había convertido, enamorada pero traidora, no aguantaba más.
Y con la cobardía alrededor de mi cuello huí de aquel sitio de la mano del hombre que me amaría hasta su último aliento.
Pasaron varios años, y una mañana sentí un beso en mi vientre.
Sentí una semilla germinar en mi vida.
Esa eras tú, hija mía.
Cada día te quería más y más y durante todas esas noches me protegiste de las pesadillas de las que ni siquiera el amor imperecedero de tu padre pudo defenderme.
Pesadillas en las que me ahogaba en un Mar vengativo, en el que me dejaba ahogar culpable y avergonzada.
Entonces, una mañana fría de marzo naciste y contigo trajiste la primavera.
Trajiste luz y pétalos de flores a mi cama siempre mojada y manchada de algas podridas.
Pero cuando saliste de mi cuerpo las pesadillas volvieron.
No les hice caso. Le tenía a él y ambos te teníamos a ti.
Nuestro lucero y mi salvación.
Mi vida.
Mi tercer gran amor.
¿Que por qué escribo hoy ésto?
Mi preciosa niña, hoy te escribo ésto para que sepas por qué he de marcharme.
Esta madrugada los rayos de sol no salieron, no podían.
Estaban debilitados, torturados por un guerrero que debía estar muerto desde los albores del tiempo.
Esta madrugada el silencio es rey eterno y la vida se marchita segundo a segundo, latido a latido.
La Tormenta ha vuelto.
Como en aquella antigua leyenda que el Mar me contó de niña, que yo te relataba cada noche, la Tormenta ha despertado, con su cabellera de rayos y truenos, con sus ojos de relámpago vengador y sus lágrimas que no son gotas de lluvia sino afiladas guadañas.
Hoy, mi pequeña, yo debo de ser Ella.
Yo, sola y valiente, sin más arma que la granada anclada a mi pecho.
Yo, sola y valiente, sin más escudo que mi piel de porcelana.
Y le pido al Mar, que siempre supo que este día llegaría, que me perdone por desoír sus consejos, pero que comprenda que no me arrepiento pues debía bailar cada baile con él, debía besar cada milímetro de su piel con olor a bosque.
Que debía llevar en mis entrañas a la luz de mi vida, a mi tesoro más preciado.
Que debía alejarme de mi cuentacuentos de oleaje para amar a tu padre, para amarte a ti.
Debía ser mujer de carne y hueso antes de ser mujer de sal y perlas marinas.
Que Dios me perdone pero jamás saldrá de mis labios agrietados una disculpa.
Que sean mis actos los que hablen por mí y que esta carta dirigida a mi hija, sea la única testigo de mi amor y cobardía, de mi amor y valentía.
Porque antes de que la canción que de fondo suena, ensordecida por la batalla entre un cielo que ruge y amenaza con descolgarse de las estrellas y tragárselo todo, antes de que la sonata termine, me subiré al más alto acantilado.
Porque hoy Ella soy yo.
Porque hoy yo soy Ella.
Porque hoy, mi niña, mi protectora frente a las pesadillas y la oscuridad, me lanzaré a la boca abismal del océano y mi voz se tornará murmullo marino; y mi carne, espuma rabiosa y enfurecida; y mi alma, colmada por mis tres grandes amores, será la fuerza misma del mar, que de una vez por todas acabará esta guerra de titanes.
Lo que Ella inició, hoy seré yo quien lo termine porque, hija mía, mi regalo para ti es un hermoso e inmenso océano en calma.

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miércoles, 31 de enero de 2018

Un río fluye por mis venas

Un río fluye por mis venas
y me aterra que lleguen nuevas lluvias.
Me aterra que se desborde y me arrastre
y me ahogue
y me enrede entre algas y demonios de agua dulce.
Soy una cobarde.
Asustada y escondida entre el olor familiar de una manta infantil
y muñecas viejas, polvorientas
que ya no saben cómo consolarme,
que ya las nanas se secaron en sus labios inertes.
No sé hablar o alzar la voz.
No sé expresar mis sentimientos
si no es tras un rastro de tinta.
No sé reír a carcajadas, sólo a media voz, a medio suspiro.
A medias siempre.
¿Y ahora?
Ahora ojalá pudiera llorar y vomitar dudas y miedos que arañan mi alma
y se cuelgan de mi garganta.
Ahora ojalá poder hablar de manera clara, sin tapujos ni rodeos,
sin dobles sentidos que cortan y laceran.
Y si ésto es un grito de ayuda silenciado que así sea,
pero ¡ah! ¡qué caprichosa sonaría!
No quiero compasión ni pena.
No quiero migajas.
En realidad todo se reduce a mi falta de valentía,
a mi falta de seguridad.
A dar un paso adelante, y dos hacia atrás.
A evitar los saltos de fe porque nunca creí en milagros.
Para mí el agua nunca se tornará vino.
En realidad todo se resume en que aquí y ahora,
esta noche...
Esta noche solo quiero llorar hasta inundarme los pulmones,
hasta desnudar mi alma.
Llorar hasta borrarme la tristeza de los ojos.

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sábado, 23 de septiembre de 2017

Como cada mañana

Sale el sol, pálido, con ojeras;
como cada mañana.
El olor amargo del café
inunda mi cocina fría y gris.
El fuego arde por inercia
y ni las cenizas lloran al morir.
Como cada mañana.
La música suena lejana
en alguna ventana a color,
asustada de aventurarse en mi hogar
insípido,
desalmado,
lleno de rutinas pasadas de moda, posos de café, jazz a destiempo y libros usados.
Como cada mañana.
Un mechón de pelo se desmadeja,
la boca sabe a arena y cristal,
los ojos opacos, hastiados.
¿Y qué?
¿Algo que añadir?
El mundo gira mientras mi corazón se vuelve granito.
¿y qué?
El aire huele a sal,
el agua se seca en mi garganta.
¿Y qué?
Sale el sol, pálido, con ojeras;
como cada mañana.

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sábado, 2 de septiembre de 2017

Escribo a medias


Soy mitad esperanza, mitad agonía.
Medio perdida, más bien a medio encontrar.
Respiro entre el exceso de oxígeno y la ausencia de inspiración.
A medias entre el insomnio y los susurros de Morfeo.
Esposada de pies y manos a un barco que se hunde intentando salir a flote,                                            intentando no llenarse los pulmones de sal.
Vivo a medias, sin acabar nunca la sonata de Piano, sin llegar nunca al final de la novela.
Angustiada por no saber el desenlace, perdida entre mosaicos de palabras que encajan demasiado bien como para ser reales.
Beso a medias, porque nunca encuentro el punto justo entre enamorarme o fingir que juego al amor.
Bebo en una copa medio llena de vino blanco, medio llena de lágrimas.
Lloro a medias, en un camino olvidado entre la sangre derramada y las mentiras que astillan el corazón, y una cama grande como el universo,
y vacía y fría y solitaria.
Como un iceberg surcando las aguas,
como un barco perdido que choca,
como un océano cruel que devora los despojos.
Y ahora, escribo a medias, indecisa entre acabar el poema, o arder entre sus versos.

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martes, 22 de agosto de 2017

El hilo rojo del destino


Cuenta una leyenda tan antigua como el tiempo que aquellas almas destinadas a latir con un solo corazón,
a soñar con una misma alma dividida en dos cuerpos,
están unidas por un hilo rojo.
Esta soga de destino puede anudarse, doblarse, perderse en un universo preñado de azar.
Mas jamás romperse.
No obstante, la historia que hoy os voy a contar,
habla de dos amantes destinados a amarse hasta arder y morir entre cenizas de pasión y dolor.
Dos amantes unidos por el único hilo que se rompió.

Corrían tiempos de jazz y licor barato en calles parisinas.
Años de luces bohemias y amor callejero vendido al mejor postor.
Un violinista hambriento besaba el aire con su arco,
amaba con su violín a la ciudad del amor.
Él soñaba despierto y acariciaba las cuerdas sin saber que la más importante de todas las sogas la llevaba atada al dedo meñique.
Invisible para ojos inexpertos.
Visible para aquellas almas torturadas por un amor que se fue para no volver.

En una ventana cercana, una joven con los ojos sumidos en una niebla eterna,
velados desde su nacimiento por un hada madrina despistada,
escucha el tormento de violín.
Y su pecho late.
Y su boca florece como capullo de rosa.
Y entonces su garganta habla y entona la más hermosa de las melodías,
hecha por el amor para el amor.
Hecha por unos ojos ciegos que sienten demasiado.

La lluvia moja los tejados,
llora el cielo de París.
El joven músico oye el canto de sirena,
siente el hilo mágico tensarse en torno a su dedo, en torno a su pecho huérfano.
Y toca para ella,
toca pasiones de pentagrama entre nubes y sollozos de cielo.
Toca para la voz anónima que acuna su alma.

Ella sin saberlo lo sabe.
Sabe que el violín la llama por su nombre,
y que le canta al anochecer.
Que la acompaña en noches de luna nueva,
noches demasiado oscuras para que los ángeles la vean llorar de amor,
llorar cánticos hechos para su músico callejero.

Desde ese día él toca buscando la voz de sirena.
Desde ese día ella canta en su cuarto,
deseosa de que su voz se una a las manos de él.
En un beso eterno.
En un beso verdadero.

No se ven, no conocen el olor de la piel ajena
mas no les importa,
viven para la música mensajera de vida y sueños.
Mensajera de poemas y rosas de terciopelo.
Viven para las notas mágicas que, como un atrevido funambulista, caminan sobre el hilo que une sus meñiques.

Entonces la enfermedad asola la garganta de ruiseñor.
Y las delicadas alas del ave de ojos mudos arden entre fiebres y sangre.
Ángel que llora por haber perdido la voz,
sirena que se torna espuma tras perder al ser amado.

Entonces las manos de él pierden su faro y su devoción.
El violín llora y de sus cuerdas nacen notas muertas de melancolía,
muertas de frío en un París lluvioso.
Reclama la voz amada.
Reclama el beso que jamás conoció y aún así anhela con todo su cuerpo,
con toda su alma.

La joven ciega llora perlas negras en su cama junto a la ventana,
llora por no poder cantar,
por oír el llanto desconsolado de su violinista en el tejado
que la busca sin descanso.

El hilo rojo del destino ya no abraza sus meñiques,
ahora oprime sus cuellos
y un rosal espinado les brota del pecho.

Cae la noche en París,
con ella, el invierno cubre la ciudad,
arropándola con manto helado.

Él tiembla bajo la ventana de ella sin saber de su presencia.
Sin saber que sobre su cabeza está su ruiseñor amado.
Sin saber que al alcance de sus dedos azulados por el frío,
impedidos para tocar,
está la voz que le hizo crear las más bellas melodías.

Ella delira en sueños,
húmedos sus labios de sudor salado,
agrietadas sus manos de dolor contenido.
Sus dientes como perlas susurran un nombre que no conoce e implora a las estrellas un segundo más.
Un solo segundo robado a la Parca para darle voz a sus anhelos.
Para volver a unirse en rítmica pasión a su violinista errante.

El hilo rojo, llorando de pena, se rompe.
Nace escarcha en los párpados del violinista.
El invierno lo arrastra a su frío imperio.

Entonces la oye.
Una voz revolotea como un pájaro delicado sobre su cabeza.
¿Acaso sueña?
¿Acaso la muerte pudiera ser tan cruel como para hacerle delirar con aquello que más desea?
Vuelve a oírla.
Vuelve a oír a su sirena celeste.
Y sus dedos laten con vida propia, como si su sangre bailara en su corazón congelado dándole nueva vida.
Se levanta desperezando su talento adormecido.
Toca de nuevo para ella, solo para ella.
Siempre para ella.

Y ella llora de felicidad al oír el violín.
Se restriega los ojos inútiles.
Entonces los abre y la luz le abrasa las retinas.
Entonces es capaz de ver todo lo que le había sido negado de nacimiento.
<<¿Un último deseo, hada madrina?
¿Acaso la luna me ha concedido una última voluntad?>>
Canta a pleno pulmón con sus ojos a estrenar.
Saborea el aire de amanecer y mira por la ventana,
dedicándole su más virginal mirada a su violinista,
a su músico amado.

Sus ojos se cruzan por primera vez,
sus ojos se cruzan por última vez.

La voz de ella y la música de él se aman y se besan y se dicen todo lo que sienten.
Con los primeros rayos del sol acaba la sonata,
el astro lentamente va cerrando los ojos de ella, que vuelven a la noche familiar 
el ardor febril regresa para astillar el pecho debilitado.
La escarcha invernal repta por las piernas del músico como serpientes de plata.
Como dagas heladas de cristal asesino.

Ella calla y cierra los ojos.
Él deja caer el violín.
-Al fin.
Suenan sus voces a dúo.
El hilo rojo es de ese color porque se tiñe de sangre.
Se rompe, de deshace.

Corrían tiempos de música callejera en París.
De noches de luna reflejada en el Sena,
de poetas eternos y amores furtivos.
La rueda del destino gira y
un nuevo hilo color sangre se forja...


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miércoles, 9 de agosto de 2017

Érase una vez


A veces la noche se vuelve eterna por un instante.
A veces las páginas escritas me hablan, pero soy incapaz de oír.
A veces solo encuentro consuelo en palabras de poetas muertos, silenciados por un mundo cruel que gira sin tregua alguna.
Solo el piano al atardecer es capaz de adormecer a mis demonios, o el vino blanco bajo noches negras como el pelaje de un gato maldito.
Dicen que el pasado se fue, se perdió en la bruma de las fotografías color sepia, y si es así, ¿por qué duele?
¿Por qué me persigue por las esquinas?
¿Por los recodos de mi pecho?
¿Por los pliegues de mis párpados?
Dicen que el tiempo lo cura todo, bien, pues en mi caso, el reloj es mi némesis, mi Moriarty en esta historia de asesinato con premeditación.
Desde aquella noche de tormenta soy solo un eco de lo que fui,
un cuadro que ha perdido el brillo de sus colores,
el fantasma encadenado a la mansión derruida.
Desde aquellas palabras que no querías decir, pero que dijiste, que dijiste y clavaste en mí, el aire entra en mis pulmones por estricta obligación, no por deseo propio.
A veces, solo busco un lugar donde guarecerme cuando los truenos estallan cerca, tan cerca, que las estrellas se resquebrajan y apartan la mirada, asustadas.
Asustadas como yo.
Érase una vez un amor.
Érase una vez un beso.
Debí saberlo.
Debí suponerlo.
No todos los cuentos tienen su final feliz.

Safe Creative #1707283166438

viernes, 28 de julio de 2017

A pesar de ello y por ello

Jamás nadie entenderá la mirada que cubre el velo de mis pestañas, o las palabras que nunca digo y que me muerden la lengua.
Nadie verá una lágrima caer por mi mejilla, porque soy lo suficientemente cobarde como para tragarme la sal, junto con el dolor.
Quizá mi Ariadna perdió el hilo salvador, y vago sin rumbo en un laberinto de malas decisiones y caídas, giros, calles sin salida, mundos perdidos.
Quizá mis alas son de cera y el sol está demasiado cerca, y extiendo el brazo, y me cuesta respirar con los pulmones anegados de fuego y fango.
Quizá los sueños no sean mas que pesadillas enmascaradas, pues siempre terminan, siempre me escupen a la realidad.
Jamás nadie leerá entre mis líneas, ni pintará cuadros abstractos entre los lunares de mi piel.
Jamás nadie, jamás nada.
Y aún así, sigo aquí, peleando contra demonios y gárgolas, luchando contra gigantes y "jamases".
Y aún así sigo aquí, buscando la salida del laberinto, sin hilo ni brújula, sin suerte ni destino.
Aún así.
Pese a todo.
A pesar de los arañazos y las cicatrices.
A pesar de ello, y por ello, aún sigo aquí...
Y Seguiré aquí.

Safe Creative #1706222673501

sábado, 1 de julio de 2017

Enjambre de sombras

Somos un enjambre de sombras.
Solos en la multitud,
perdidos frente al huracán.
Somos un mar de cartas anónimas y noches de usar y tirar.
Reinas de un solo corazón que late y se rompe, que late y muere.
Somos eco de la nada,
el único copo de nieve en la ventisca.
Solos, solos, solos.
Vivimos en una sociedad de luz y apariencia.
En un mundo en el que desconocidos aparentan ser amantes.
Vivimos en un mundo de cigarros de una sola calada, café amargo y lamento de piano.

Vivimos entre flores sin olor, entre libros que arden gritando de dolor, entre besos sin nombre ni sabor.
Solos, solos, solos.
Siendo, en un mundo deslumbrante, un enjambre de sombras.


Safe Creative #1706222673525

viernes, 23 de junio de 2017

El bazar de los sueños

Vago entre nebulosas de colores, perdida y sin querer ser encontrada.
Buscando algo que nunca existió, o sí lo hizo, pero murió sin avisar.
Nado entre recuerdos tuyos, míos, de nadie y de todos.
Buceando en un bazar de sueños rotos y poemas no natos.
Necesito la lámpara mágica que desencadene a mi genio salvador.
La alfombra hechizada que me lleve a ver el mundo desde otros ojos, desde otro tiempo.
Los cuentos de hadas se me quedaron pequeños, mis propias alas se quedaron cortas.
El pasado ardió y ahora solo quedamos mi boca agrietada y yo.
Me dejé la voz suplicando y, ¿para qué?
¿Para salvarme?
¿Para salvarte a ti?
¿Para morir de tristeza entre sábanas sucias y flores secas?
Me quedé dormida, y aquí me he despertado.
En este bazar lleno de cachivaches inútiles y extraños, de esperanza embotellada, para dar un sorbo, sólo probar.
Hay luna llena y velas que no prenden, hay vino tinto y olor a salitre, a olas que vienen y van y arrastran la voz de sirenas dormidas.
En el bazar de las mil y una maravillas hay poemarios anónimos y cuadros jamás pintados, jamás imaginados.
Olvidados.
Está incluso mi corazón deshilachado en una esquina, esperando su turno para pasar a reparación.
Ahí fue donde encontré estos versos...
Pero supongo que es hora de despertar.
Buenas noches, mi bazar de sueños y encantos, hasta que nos volvamos a necesitar.

Safe Creative #1706222673518

lunes, 19 de diciembre de 2016

Dulce nostalgia

¿Para qué correr contra el viento pudiendo galopar a su ritmo?
¿Para qué cerrar los ojos ante la puesta de sol pudiendo llorar lágrimas de ardiente luz?
Para qué gritar y luchar contra el tiempo.

Para qué llorar junto al árbol asesinado por el relámpago.
Por qué nos empeñamos en guardar fotos en blanco y negro cuando la vida vibra en color...
Nostalgia. Simple y lacerante nostalgia.

Es como un bálsamo engañoso y autodestructivo.
Qué elevado, qué grácil se siente nuestro corazón melancólico, borracho, bohemio e inepto.
Qué estúpido enamorarse de la rosa cuando el invierno golpea la puerta.
Qué estúpido dejarse llevar por la poesía de papel deshecho.
Qué estúpido, pero qué estúpido, jugar con muñecas de aire y sueños de infancia.
Pero, entre nosotros, en secreto, he de confesar.
Me declaro culpable de mirar las estrellas entre ensoñaciones imposibles.
Me declaro víctima sumisa del olor a jazmín en un patio abandonado, entre luces antiguas y susurros de amor.
Me confieso adicta a las noches de verano entre libros que prometían pasión y delirio pasajero.
Así, entre nosotros.
Dulce nostalgia, tentadora melancolía, bálsamo engañoso y autodestructivo.
Me declaro locamente enamorada de tu beso envenenado.

Safe Creative #1611019730742

lunes, 21 de noviembre de 2016

Esta mañana


¿Qué tal si jugamos?
¿Qué tal si cerramos los ojos?
¿Qué tal si fingimos que nada sucedió?

Podríamos jugar a que esta mañana,
bañados en el sol y el olor a café recién hecho nos levantamos.
Luego los besos corrieron y reinaron en aquel cuarto
iluminado de café y con olor a sol.
Podríamos jugar a que no discutimos.
A que no se alzaron nuestras voces en una orquesta discordante.
A que no lloraste. A que no quise huir y dejarlo todo atrás.
Podríamos jugar a que no cerraste la puerta e hiciste temblar las paredes
y mi frágil mundo.
Desearía fingir que te seguí hasta la calle,
que te llamé por tu nombre,
que te abracé,
que te besé.
Desearía fingir que luego nos tomamos de la mano
y paseamos.
Que fuimos a emborracharnos de amor pasajero,
de días de luna llena,
de sueños reales como la vida misma.
Desearía haber hecho todo eso.
Pero no lo hice.

Esta mañana no salió el sol,
la lluvia bañó la ciudad ahogándola en amargura.
Esta mañana nos gritamos que no más,
que hoy no,
que no somos ni seremos.
Esta mañana saliste y cerraste la puerta.
Y un espejo se rompió.
Y los dados rodaron.
Y la suerte fue echada.
Esta mañana no corrí detrás de ti
ni quise hacerlo.
No te lo merecías, no me merecías, pensé.

Qué estúpida fui. Qué estúpido fuiste.

Esta mañana no volvías.
Ojalá hubieras vuelto.
Esta mañana los adoquines lloraban,
el cielo lloraba.
Esta mañana un coche resbaló en nuestras lágrimas.
No pudiste evitar el impacto.
Esta mañana la vista se te nubló,
y tus huesos fueron de cristal y porcelana,
y tus heridas fueron capullos en flor que manaban sangre.
Sangre.
Esta mañana no volviste.
No podías.
Esta mañana me arrepiento.

Qué estúpida fui. Qué estúpido fuiste.
Qué cruel el cielo que llora culpable.

Esta mañana la guadaña nos cortó la piel
y el corazón.
Esta mañana no pude decirte adiós.
Esta mañana...

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